Descripción
El ícono más común es aquel en el que la Virgen aparece con su hijo en brazos. Su misión en el mundo se realizó “en” su hijo, para que nadie viera en ella a la mujer, sino “por siempre y para siempre” a la madre.
El rostro de la Santa Madre de Dios, en los íconos ortodoxos, jamás es representado rollizo y redondo, sino largo y delgado. Los ojos, grandes y reflexivos. Hay en ella un gesto de serena tristeza, pero también parece que estuviera lista para esbozar una sonrisa de consuelo. Se trata de una tristeza por la infelicidad del mundo y una sonrisa de esperanza en nuestro Buen Dios; sin embargo, tanto esa tristeza como la inminente sonrisa son contenidas, como todo lo demás: en ella todo está sometido al espíritu. Es el rostro de una vencedora que ha vivido todas las amarguras del dolor y la tristeza, y por eso puede ayudar a quienes hoy luchan con el dolor y la congoja.
Aunque no existe una iconografía definida para esta imagen, desde el Renacimiento se le dio el nombre de Madona a las representaciones de la virgen con el Niño, en la que ambos personajes evocan la ternura y el amor maternal; en ocasiones también se le da el nombre de Virgen de la Providencia.







